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No nos Ganaron el Mundial: nos Declararon la Guerra

España fue campeón. Lo dijo el marcador (1-0, con gol de Ferrán Torres en el segundo tiempo del alargue) y lo dijo el juego: jugaron mejor, descansaron un día más, llegaron con una camada joven mejor entrenada y nadie con dos dedos de frente se lo va a negar. Esto no va sobre eso. Es sobre lo que pasó mucho antes pero principalmente lo que pasó después, o mejor dicho de lo que sigue pasando varios días posteriores de que se apagaran las luces del estadio.




Antes de seguir, un repaso rápido de en qué condiciones llegó Argentina a esa cancha (porque importa para lo que viene). Leandro Paredes jugó con una supuesta fisura costal que se mantuvo fuera de los medios para que España no fuera a buscarlo justo ahí (aunque ayer jugó con Boca sin problemas). Lisandro Martínez se fue en el primer tiempo por una molestia en el aductor derecho. Cristian Romero tampoco pudo terminar el partido. En resumen todos estaban lesionados menos Messi. Aún así nos defendimos en el partido final, solo como ejemplo el Dibu Martínez tuvo que sacar once tiros directos para que el resultado no fuera una goleada. A pesar de lo dicho claramente queda la duda cuando vemos que Argentina no remató al arco hasta los ciento veinte minutos para lograr el empate.


Para que se entienda, la selección campeona del mundo en 2022 y dos veces ganadora de la Copa América, no se acercó ninguna vez al arco español en una final del mundo, sin embargo cuando jugamos contra Argelia, rematamos al arco 10 veces, contra Austria 12 veces, contra Jordania 12 veces, contra Cabo Verde unas 22 veces (sin el alargue 15 veces), contra Egipto 19 veces, contra Inglaterra 15 veces pero contra España cero veces en los 90 minutos reglamentarios. Eso sin hablar de la renuncia de varios integrantes a la selección después de este mundial. Son datos llamativos, y como todos los datos llamativos, invita a hacerse preguntas más que a sacar conclusiones apuradas (dejo la puerta abierta acá: no sería la primera vez que un protagonista cuenta, años después, lo que no se podía contar en el momento; ahí están Maradona y Ruggeri para probarlo con sus declaraciones en su momento). Pero insisto: el partido no es el tema. El tema es lo que ocurrió después.


La funa que no cesa

Pasaron los días y la operación contra Argentina no paró. No hablo de la derrota deportiva, que ya está asumida y digerida por cualquier hincha con sentido común. Hablo de algo más incómodo de nombrar: una embestida que usa el fútbol como excusa para pegarle a lo que representamos.

Desde el 2022 nos vienen acusando, circulando videos de actores de Hollywood opinando contra la Argentina o compartiendo videos falsos, también influencers europeos "explicando", con tono de superioridad moral, que ellos no salen a festejar los triunfos porque son "civilizados", porque "al día siguiente hay que trabajar". La misma gente que mira con desprecio (apenas disimulado) cómo en Argentina o Paraguay cada gol se festeja como si fuera la final, cómo un triunfo contra Inglaterra se convierte en fiesta con la bandera de "Las Malvinas son Argentinas" flameando en la calle. Ese contraste no es casual: es precisamente lo que más los incomoda de nosotros.


Porque ahí está el verdadero problema para ciertos sectores: no les molesta que perdamos un partido, les molesta que sigamos siendo lo que somos. Un país que canta con desconocidos, que abre la puerta al que lo necesita, que juega con alma hasta en el potrero, que no se deja domesticar. Un país que contagia pasión hasta en Bangladesh mientras en media Europa ni aplausos hubo por su propio campeón.

Por qué ahora, por qué así

No es casualidad que esto se intensifique en este momento, y no, no fue por la bandera de Malvinas, lo que pasa es que hay una batalla cultural que se viene dando hace mucho tiempo, batalla en dónde ponen el punto a Milei y a Trump ya que se convirtieron en representantes de la lucha contra estás ideologías, un discurso que no surge directamente de ellos sino que surge como consecuencia visible de un hartazgo que ya se venía cocinando en una gran parte de la población mundial desde hace años. Dentro de esas situaciones los sectores que buscan destruir la cultura de occidente saben que atacar a un presidente ya no alcanza (porque un presidente se defiende, discute, contesta), se tiene que atacar lo que no puede contestar de la misma manera: una selección de fútbol, un símbolo, un sentimiento colectivo. Y en un Mundial, cada gesto es noticia mundial durante semanas por lo que queda más en evidencia y se aprovecha.


La estrategia de estas noticias falsas está lejos de querer convencer de lo malo que es supuestamente nuestro país, lo que buscan es desgastar, correr la cancha e instalar la sospecha de que hay algo podrido en lo nuestro (que somos violentos, que somos racistas, que somos atrasados) hasta que la imagen del país quede erosionada de tanto repetir el guión para que los discursos que surgan de acá queden automáticamente rechazados. 

Lo que de verdad les molesta

Al final, todo esto tiene un nombre menos elegante que "análisis geopolítico": guerra cultural. De un lado, el mérito, el esfuerzo, la familia, la propiedad privada, lo que se gana con el sudor de la frente. Del otro, un modelo que lleva décadas destruyendo esas mismas ideas en nombre del progreso: la familia como estructura "caduca", la madre como figura de la familia a reemplazar, cada vez más reglamento y cada vez menos libertad real, y cada vez más islamismo como concepto de vida. Y ojo, esto no es "tradicionalismo" barato, por ejemplo, las mujeres argentinas laburan codo a codo con nosotros todos los días, no necesitan que nadie las salve. Lo que no aceptamos es que nos digan cómo debemos vivir.


Por eso un país como Argentina, convertido sin buscarlo en faro para buena parte del mundo (hasta aparecieron máscaras de Milei en protestas, no por él como persona o líder político, sino por lo que simboliza), se vuelve un blanco incómodo. Somos la prueba viviente de que ese modelo no es inevitable. Y contra eso no alcanza con ganarnos una final: hay que intentar borrarnos.


No lo están logrando. Ahí están los argentinos con pensamientos diferentes unidos frente a un discurso que, a esta altura, ya cansa más de lo que ofende. Que sigan intentando. Nosotros, mientras tanto, seguimos cantando.

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