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La Universidad Pública como Campo de Batalla: lo que Ningún Lado Quiere que Sepas

Por Daniel Orloff 

El lunes 11 de mayo, mientras las universidades nacionales ultimaban los detalles de su cuarta marcha federal, el Gobierno publicó en el Boletín Oficial la Decisión Administrativa 20/2026. En pocas horas ya tenía su narrativa dominante: “Milei pasa la motosierra por $5.300 millones a las universidades, a un día de la marcha”. El titular es técnicamente cierto. Y técnicamente, es también una operación de encuadre.



Lo que casi ningún medio explicó (ni los que militan contra el Gobierno ni los que lo defienden) es lo que el texto oficial realmente dice, para qué sirve el mecanismo legal empleado y cuál es el conflicto de fondo que hace que este debate se repita cada seis meses sin que nadie se haga cargo de sus consecuencias.


Lo que dice el documento oficial


La DA 20/2026, firmada el 8 de mayo y publicada el 11, es una herramienta presupuestaria rutinaria. Se basa en el artículo 37 de la Ley de Administración Financiera N° 24.156, que habilita al Jefe de Gabinete a reasignar partidas dentro del presupuesto vigente. El instrumento existe desde 1992 y todos los gobiernos lo han utilizado.


Los considerandos no mencionan a las universidades. La medida se justifica en dos objetivos: financiar el “Plan de Retiros de Voluntad Recíproca” del personal de ANSES y, principalmente, reforzar las partidas para cancelar sentencias judiciales previsionales firmes. En concreto: se tomaron recursos de partidas de capital universitario para pagar deudas con jubilados ya reconocidas por la Justicia. No es un capricho ideológico, sino un problema de caja con vencimientos reales.


El recorte a universidades asciende a $5.303 millones. Es innegable. Pero forma parte de una reasignación que mueve casi $2,5 billones en total. Las mayores quitas fueron en subsidios energéticos ($1,47 billones), programas de eficiencia energética ($359.000 millones) e infraestructura deportiva ($320.000 millones). Las universidades representaron apenas el 0,2% del total reasignado. El foco exclusivo en ese 0,2% no es falso: es una selección editorial deliberada.


Lo que el Gobierno oculta (o minimiza)


El Presupuesto Ciudadano 2026 indica que el programa de Desarrollo de la Educación Superior atenderá a 2,1 millones de estudiantes y producirá 101 mil graduados. Esa cifra implica una tasa de egreso anual del 4,8%: uno de cada 22 estudiantes se gradúa en un año. Brasil ronda los 123 graduados por cada 1.000 estudiantes; Chile, cerca de 194. Son comparaciones gruesas, pero ilustran un problema estructural.


El Gobierno conoce estos números y los firma. Sin embargo, su proyecto de ley alternativo a la Ley 27.795 (enviado al Congreso en febrero de 2026) se concentra solo en mecanismos salariales e indexación. No dedica una línea a la tasa de graduación, la duración real de las carreras, la deserción ni la articulación con el mercado laboral. Denuncia la ineficiencia y presupuesta exactamente esa ineficiencia.


Otro dato incómodo: el financiamiento universitario representa el 0,47% del PIB en 2026, el valor más bajo en veintitrés años. Chile gasta alrededor del 0,8% en un sistema mixto. Argentina gasta menos que vecinos con mejores resultados de egreso.


Lo que los medios y el sector universitario deforman


La narrativa opositora también tiene su "claroscuro":


Primero, la escala: titular “$5.300 millones a universidades” en un movimiento de $2,5 billones distorsiona la magnitud.


Segundo, la Ley 27.795. Según un informe del IERAL de Fundación Mediterránea, su aplicación plena llevaría el gasto universitario a 6,8 billones de pesos en 2026 (0,76% del PIB). Eso equivaldría al 41% de la meta de superávit financiero proyectada. Ese costo fiscal existe y casi nadie lo menciona con claridad.


Tercero, la defensa de “los alumnos”. El sistema de ingreso irrestricto y gratuito no elimina la desigualdad: según la Encuesta Permanente de Hogares, los jóvenes del decil más pobre son el 7,9% de la matrícula en primer año, pero solo el 1% en quinto año. La deserción golpea más fuerte a los más vulnerables.


El conflicto de fondo


Debajo de la disputa presupuestaria hay una pregunta constitucional: ¿puede el Poder Ejecutivo negarse a ejecutar una ley sancionada por el Congreso (e incluso ratificada por la Justicia) amparándose en una meta fiscal con el FMI?


El Congreso sancionó leyes de financiamiento en varias ocasiones. La Justicia ordenó cumplirla. El Gobierno apeló a la Corte Suprema, que mantiene el tema en suspenso. Si el Ejecutivo puede no ejecutar la ley por razones fiscales, el Congreso pierde poder real sobre el presupuesto. Si no puede, la meta fiscal entra en tensión estructural.


Ninguno de los dos bandos mediáticos quiere plantear el problema en estos términos: los oficialistas tendrían que justificar por qué un acuerdo con el FMI prima sobre el Congreso; los opositores, explicar cómo se financia la ley sin romper el equilibrio fiscal (o qué impuestos subirían).


Lo que revela realmente la DA 20/2026


Un detalle ausente en casi todos los titulares: el Gobierno aumentó en $500.000 millones el límite para pagar deudas previsionales judiciales. Parte del ajuste universitario financia sentencias firmes a jubilados. Es una transferencia forzada entre dos sectores que ambos bandos dicen defender.


En resumen


El conflicto universitario de 2026 no es sobre si la educación pública importa (importa) ni si los docentes merecen salarios dignos (los merecen; la caída real es grave). Es sobre tres preguntas que la Argentina lleva décadas esquivando: cómo financiar el Estado sin inflación ni deuda insostenible; quién tiene la última palabra sobre el presupuesto en un sistema republicano; y cómo mejorar un sistema que incluye a muchos pero gradúa a pocos, sin destruirlo ni congelarlo.


Los medios prefieren el escándalo. El Gobierno, la narrativa del ajuste inevitable. Las universidades, la del ataque. Mientras tanto, la Corte Suprema tiene sobre su escritorio una decisión que, en silencio, definirá cuánto vale una ley que el Ejecutivo no quiere cumplir.


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