Nota de opinión por Daniel Orloff
Hay un lavarropas en una tienda del centro de Posadas que cuesta casi el doble que en Encarnación. Si lo comprás en cuotas, el triple. El vendedor dice que es por los impuestos, por el alquiler, por los costos. Tiene razón. Pero hay algo que no dice: durante años, ese precio era posible porque usted no tenía a dónde ir. Hoy sí tiene. Y eso lo cambia todo.
Los comercios están cerrando. Las persianas bajan. Las cámaras empresariales hablan de crisis, de emergencia. Y tienen razón: hay empleos perdidos, familias que la están pasando mal. Eso es real. Pero esa verdad esconde otra, más incómoda, que nadie del sector quiere nombrar.
El negocio del que nadie habla
Hace unos años, Misiones vivía algo parecido a un milagro. Los paraguayos cruzaban el puente a comprar. Los brasileños también. El peso argentino estaba artificialmente sobrevaluado gracias a un tipo de cambio controlado a la fuerza. Posadas era barata para el de afuera. Los comercios se llenaban.
Pero ese milagro tenía trampa. Funcionaba porque el peso estaba mentido. Porque había una política nacional (el cepo cambiario) que sin querer actuaba como un subsidio para el comercio de frontera. El comerciante misionero no vendía más porque era mejor. Vendía más porque la cancha estaba inclinada a su favor. El cliente de Paraguay traía dólares y compraba a precio de remate. El misionero que quería cruzar a Encarnación, en cambio, lo encontraba caro. No había alternativa.
Eso se terminó. El tipo de cambio se normalizó. Paraguay quedó barato y Posadas quedó cara. Los paraguayos dejaron de cruzar. Los misioneros empezaron a cruzar. Y los negocios que vivían de esa diferencia artificial se quedaron sin piso de un día para el otro. Eso no es una crisis del consumo misionero. Es el fin de un subsidio que nadie llamaba subsidio.
El diagnóstico a medias del presidente
El presidente Milei dijo que el consumo está en su máximo histórico y que solo cambió de forma: ahora la gente compra por internet, por Mercado Libre. Tiene una parte de razón. El comercio digital creció mucho en Argentina. Pero eso pasa en Buenos Aires.
En Misiones, comprar por Mercado Libre sale más caro que en otras provincias. ¿Por qué? Porque la provincia cobra impuestos tan altos sobre el ingreso de mercadería que varias empresas del país directamente dejaron de mandar pedidos a domicilios misioneros. No es una exageración: en julio de 2025, cuando Mercado Libre implementó su sistema de comisiones segmentadas por provincia para transparentar la presión fiscal, una tributarista lo explicó sin eufemismos en Perfil: "Es una provincia con una carga impositiva altísima, lo que lleva a que muchas empresas excluyan a Misiones de sus operaciones". Que una fuente especializada lo diga con todas las letras muestra que el problema no es un rumor de pasillo: es una decisión empresarial racional frente a una estructura tributaria que castiga al territorio.
Entonces el chivero (el pasero que trae cosas de Paraguay y de Brasil) no es un delincuente ni una anomalía. Es la respuesta lógica de alguien que encontró la manera más barata de conseguir lo que necesita. Culparlo es como culpar al agua por correr cuesta abajo.
Lo que nadie quiere recordar
Misiones tiene 900 kilómetros de frontera, la presión impositiva sobre el consumo más alta de la región y ninguna herramienta que compense esa asimetría. El IVA es nacional, pero a ese piso del 21% la provincia le suma Ingresos Brutos, tasas municipales y retenciones que no existen del otro lado del puente. El resultado es un desnivel estructural: el comercio misionero compite con un shopping en Encarnación que no paga Ingresos Brutos, mientras acá una camioneta de encomiendas tributa como si cruzara una aduana entre países lejanos, no un puente.
Esa herramienta existió: un régimen especial de frontera que se votó en el Congreso y fue vetado por el gobierno de Alberto Fernández en 2022, con el argumento de que afectaba la recaudación. El actual, que en campaña prometió bajar impuestos y descentralizar, tampoco lo impulsó. En ese dato están los dos gobiernos, y ninguno quiere que se lo recuerden.
No se trata de volver al tipo de cambio mentiroso que subsidiaba la ineficiencia. Pero tampoco se puede exigir que un negocio local compita cuando el Estado le pone una mochila de plomo y le dice "corré más rápido". El régimen de frontera no era para vivir de una renta artificial; era para reconocer que competir con Paraguay no es lo mismo que competir con Córdoba.
El que ganó sin que nadie lo diga
En medio de todo este ruido, hay alguien que casi no aparece en los comunicados de emergencia: el consumidor misionero.
Ese consumidor hoy tiene opciones que antes no tenía. Puede cruzar a Encarnación. Puede comprarle al pasero. Puede elegir el comercio local que bajó los precios y mejoró las cuotas para no cerrar. Porque esos comercios también existen. Los que se adaptaron, sobreviven. No porque el momento sea fácil (no lo es) sino porque decidieron competir en lugar de esperar que volviera el sistema que los protegía de tener que mejorar.
El comercio que cierra, en muchos casos, no cierra porque la economía colapsó. Cierra porque su modelo dependía de que usted no tuviera a dónde ir. Y hoy tiene.
El lavarropas, ahí nomás
Decir que todo es culpa del modelo liberal es tan equivocado como decir que todo está bien porque la gente compra por el celular. Lo que Misiones necesita no es volver atrás, sino terminar una transición que nadie terminó. Con impuestos provinciales que no ahuyenten empresas. Con un régimen de frontera que reconozca la asimetría sin miedo a perder una caja que ya no alcanza para sostener nada. Y con comerciantes que entiendan que el cliente que hoy elige dónde comprar no es el enemigo: es una oportunidad para dejar de depender de una cancha inclinada y empezar a jugar de verdad.
Mientras tanto, el lavarropas que cuesta el doble en Posadas va a seguir ahí, exhibido en la vidriera, como testigo mudo de una conversación que nadie quiere terminar de entender.
