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El Arquitecto del Silencio y su Propia Silla Vacía

Por Daniel Orloff

Hasta hace apenas unos meses en Misiones, nombrar a Carlos Rovira por su apellido era, para buena parte de la dirigencia y de la prensa, un ejercicio que se evitaba con cuidado casi "litúrgico" si el término cabe. En charlas cotidianas se buscaban sinónimos como "el conductor", incluso en WhatsApp del entorno lo llamaban "el driver". Por supuesto que existen otros apodos, menos amables, reservados para cuando se quería incomodarlo. Pero el apellido, ese sí, quedaba en las sombras. De hecho varios medios nacionales publicaron en su momento que: "los misioneros se las rebuscan para nombrarlo sin decir su nombre". Tal es así que en el círculo rojo del partido ni siquiera se discutía abiertamente algo tan elemental como su sucesión, porque el tema mismo era "prácticamente un tabú."



Ese tabú se rompió en 2026, y se rompió mal, curiosamente muy rápido. En lo que va del año, Rovira fue nombrado (con nombre, apellido y en tono crítico) más veces de las que se lo nombró en los últimos quince, hagan cuentas. La pregunta que me interesa hacerme, y que le propongo al lector de este espacio, no es si el quiebre del tabú es un síntoma de decadencia. Es mucho más incómoda: ¿por qué se rompió justo ahora, tan rápido, y con tan poca resistencia de parte de quien construyó ese silencio durante dos décadas y media? ¿Es posible que ese mismo silencio roto (doloroso para él, humillante en el recinto legislativo) sea, paradójicamente, la materia prima para su próxima jugada?


Aclaro, antes de seguir, cuáles son las reglas de juego de esta columna: distingo con cuidado entre lo confirmado (fechas, cifras, citas atribuidas, normas sancionadas) y lo hipotético, lo que presento explícitamente como preguntas abiertas, no como acusación o como una afirmación. Esto es un ejercicio de opinión sobre datos verificables, no una imputación de hechos.


Lo que los números confirman y lo que ocultan

La caída electoral de la Renovación es real, nadie lo puede negar. Para no irnos muy atrás entre 2019 y 2023, el Frente Renovador ganó gobernaciones con guarismos que hoy parecen de otra era: más del 70% y 64% respectivamente. Pero esas fueron elecciones ejecutivas, que concentran el voto en la figura del candidato. En las legislativas de medio término (2021 y 2025) el descenso es de 46,6% a 28,6%: dieciocho puntos en cuatro años, con una participación que cayó del 60% al 55,4%, mínimo histórico desde el regreso de la democracia. El dato que más debería dar picazón a la dirigencia provincial no es el porcentaje de la Renovación: es el debut de La Libertad Avanza con 21,9%, sin estructura territorial propia. Es la prueba de que una gran parte del electorado misionero busca una alternativa y el tradicional clientelismo político dejó de ser efectivo. Ese es el activo que se devalúa puertas afuera, ¿es tan extraño que también se devalúe puertas adentro? Ahí empieza, y no en la salud del conductor como quieren instalar algunos, esa podría ser la explicación estructural de por qué dieciséis de veintiún diputados armaron las valijas en cuestión de semanas.


El método que casi nadie está mirando

Muchos insisten que Rovira llegó al poder por la vía de la deslealtad. En 1999 derrotó en las urnas a su propio mentor, Ramón Puerta, de quien había sido secretario privado. En 2003 rompió con el peronismo tradicional para fundar su propio sello. Un hombre que construyó su ascenso de esa manera como dicen debería conocer mejor que nadie a la política misionera, e identificar rápidamente la anatomía íntima de una rebelión: saber cómo se incuba, cuándo se vuelve irreversible y qué hace falta para desactivarla antes de que estalle. Ese conocimiento no debería perderse por envejecer, todo lo contrario. Entonces, ¿por qué esos reflejos (que él mismo supuestamente empleó contra el enemigo externo durante veinticinco años, con un manejo judicial y mediático notorio) no parecen haberse activado esta vez, justo en el terreno más predecible de todos: la traición desde adentro, la única que supuestamente él mismo ya ejecutó una vez?


Dos lecturas conviven, y no necesariamente se excluyen.

La primera es la resignación real. Rovira tiene setenta años y un horizonte vital más corto. Puede haber decidido que no vale la pena una guerra total por un aparato que, de cualquier modo, no iba a controlar otras dos décadas. Es consistente con lo que la psicología del envejecimiento llama selectividad socioemocional: cuando el tiempo percibido se acorta, la prioridad deja de ser el poder y pasa a ser una gestión de desgaste.


La segunda lectura es más incómoda. La planteo directamente como pregunta, porque es exactamente eso: ¿puede ser que esta pasividad pública cumpla un objetivo posterior?


Hay una técnica conocida en campañas a intendente en algunas localidades. Dos listas del mismo partido compiten por el mismo cargo, pero se muestran enfrentadas. Un protagonista y un antagonista del mismo palo copan toda la agenda mediática. El resto de los candidatos queda relegado al rol de espectador.


¿Se trasladó esa lógica, en versión ampliada, al tablero provincial? Es una hipótesis que no puedo probar con lo que hay a la vista. La planteo como una idea al pasar, nada más.


Sí puedo señalar algo: si esa fuera la jugada, cuantos menos actores conozcan el libreto completo, menor el riesgo de filtración. Eso explicaría por qué reacciones como la de Szychowski o la del gobernador salteño Gustavo Sáenz lucen genuinas. Y esa genuinidad no invalida que el conflicto que las originó tenga, eventualmente, un diseño superior.


Hay una segunda pregunta, más específica, que me interesa todavía más: ¿prepara Rovira, con los recursos que aún conserva, una carta sorpresa para las elecciones de abril o mayo? Antes de la ruptura ya hubo gestos de acercamiento discursivo al ideario libertario en la gestión provincial (el anuncio del cierre de mecanismos de recaudación cuestionados en las rutas, el discurso de equilibrio fiscal, el achique de estructuras estatales, etc), sin que mediara convicción ideológica sino, más bien, una lectura fría del humor social. Si esas señales que quisieron dar al electorado no bastaron para capturar el clima de época, ¿cuál sería la jugada siguiente disponible? Insistir con solo cambiar el nombre de una marca desgastada no parece racional. Cambiar de vehículo, sí. Un candidato (de origen libertario o independiente), sin peso institucional previo, financiado con lo que el rovirismo todavía conserva, no necesitaría ganar: necesitaría instalarse como la sorpresa de última hora en una elección donde, hasta ahora, ningún candidato de ningún espacio despierta entusiasmo real. Y en ese guion, el del maltrato público constante (la ausencia leída como debilidad, la frase de la silla vacía, el "se terminaron los capangas", por ejemplo) dejaría de ser un costo no deseado para convertirse en el recurso emocional que ese relanzamiento necesitaría para que esa estrategia se cumpla. No es casual que ahora algunos medios circulen tímidamente la idea (casi por accidente) de que, adversarios y "la gente" en general, estén construyendo una empatía incómoda hacia Rovira por el exceso de golpes que está recibiendo, comentan estos a viva voz consideran que todo lo que le ocurre es merecido, pero por lo bajo lo perciben como "algo injusto". Insisto: es una lectura de indicios, no una certeza. Lo más probable es que llegue abril y ese candidato no aparezca, recuerden que ésto es solo un ejercicio de paranoia razonada.


El tabú roto como materia prima

Y acá aparece, creo, el detalle más interesante de todo este cuadro. El tabú de nombrarlo no lo mantenía solo intocable: lo mantenía invisible, casi mítico (un "driver" sin rostro cotidiano, un apellido que se evitaba pronunciar). Esa clase de figura es perfecta para ejercer poder desde las sombras, pero es pésima materia prima para construir empatía electoral. Nadie vota por lástima a un comandante sin nombre. Si la jugada fuera la del candidato sorpresa con relato de injusticia, necesitaría exactamente lo que está ocurriendo ahora: que lo nombren, que lo humanicen, que lo muestren maltratado por los mismos que ayer le rendían pleitesía. ¿Tuvo Rovira que operar ese quiebre del tabú? Probablemente no (todo indica que fue un efecto cascada, gatillado por la fuga de intendentes y diputados, no por un plan calculado desde el primer día). Pero, ¿necesita esta operación para que le sirva? Ahí está la pregunta que de verdad me interesa dejar picando.


Un antecedente que la política misionera conoce pero no quiere aplicarse

Carlos Juárez sostuvo Santiago del Estero durante cincuenta años como conductor único de una arquitectura de poder personalista, sin instituciones propias que la sobrevivieran. Cuando el sostén personal se debilitó, el sistema no colapsó gradualmente: colapsó en cascada, casi todo a la vez, forzando una intervención federal en cuestión de semanas. La lección no está en la anécdota puntual que lo desencadenó, sino en la arquitectura: un poder construido sobre lealtad transaccional y reparto, no sobre ideología ni instituciones, puede parecer inquebrantable durante décadas y desmoronarse casi de un día para el otro cuando la fuente de esa lealtad deja de rendir. El Frente Renovador nunca fue, en rigor, un partido de convicciones fuertes: fue una alianza oportuna de peronistas, radicales y sindicalistas cuyo cemento fue siempre el reparto del poder provincial. Cuando el negocio deja de rendir en las urnas, no queda causa que sostenga a nadie. Eso explica de manera más lógica la velocidad de la fuga legislativa mejor que cualquier hipótesis sobre el estado de ánimo de un hombre de setenta años.


La ley que él mismo escribió, y que hoy podría explicarlo todo

Hay un dato que no es hipótesis ni lectura de indicios: es una norma sancionada, con número de artículo y autoría reconocida. En septiembre de 2024, la Legislatura de Misiones aprobó la creación de la Fiscalía de Instrucción Especializada en Ciberdelitos, impulsada por el propio Carlos Rovira. El artículo 7 de esa ley habilita al fiscal a actuar frente a lo que la norma llama "noticias falsas" sobre individuos o instituciones públicas o privadas difundidas por medios digitales. El artículo 6 le da los dientes: faculta al fiscal a disponer el secuestro inmediato de dispositivos móviles e informáticos con solo que existan sospechas, sin necesidad de orden judicial previa. Básicamente la ley "podría controlar las redes sociales".


Puedo dar fe en primera mano de que esa ley no quedó en el papel. En octubre de 2024, tras publicar una opinión en mis redes sociales sobre una designación cuestionada en Dos de Mayo, recibí una carta documento exigiendo el retiro de la publicación bajo cargos de calumnias e injurias, y advertía que, de no cumplir, se recurriría también a la Fiscalía de Instrucción Especializada en Ciberdelitos creada por la Ley XIV - N° 16, la misma que impulsó Rovira. Se lo dije entonces a un colega y lo sostengo hoy: la norma no hizo falta aplicarla para operar como amenaza. Bastó con nombrarla como posibilidad al cierre de un reclamo por una opinión publicada, para que cumpliera, de hecho, la misma función que si se hubiera accionado directamente.


Y aquí la ironía que le da cierre a esta columna, si es que algo así se puede cerrar: el mismo hombre que redactó el mecanismo legal para silenciar lo que se considere "fake news" sobre su figura es, hoy, el protagonista de la historia que más se cuenta y menos se verifica en toda la política y el periodismo misionero en las últimas semanas. La pregunta que me queda, entonces, no es solo si Rovira está en franca retirada. Es si la herramienta que construyó para controlar el relato incluso sobre sí mismo sigue, en sus manos, teniendo filo. Porque si ya no lo tiene, esa sería, de todas las señales reunidas en esta nota, la más elocuente.


Escribo esto sabiendo que, para algunos, exige demasiado del tablero y demasiado poco del tiempo de la vida. Es un hombre que empieza a envejecer en público, puede ser, pero en esta provincia, el que no anticipa suele terminar aplaudiendo la jugada ajena como si fuera propia. 

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